Cartografía del Alma y del Origen: El Milagro del Maíz
Hay historias que no se leen en libros ni se guardan en diarios antiguos; se atrapan al vuelo en la tibieza de una tarde, mientras las tijeras de la prima cortaban mi cabello y mi tía dejaba correr el hilo de las conversaciones. En ese espacio íntimo de tijeretazos y murmullos, el tiempo parecía detenerse. Caían los mechones al suelo mientras ellas, las depositarias del saber oral, hablaban de los mayores a quienes sí conocieron. Hilaban las tristezas y las alegrías, los misterios nunca dichos, los gustos, los triunfos pequeños y los fracasos que dolieron en el alma.
Así llegó a mí el nombre de Corrales, no como un punto en el mapa, sino como un territorio mítico de raíces profundas. Allá, en la tierra fría de los tatarabuelos y abuelitos, la siembra era vasta y la vida rural se erigía con la presencia de peones que trabajaban el campo. La confirmación de esa estirpe intacta ocurrió años más tarde en aquel entierro familiar: un viaje que comenzó con el peso del duelo pero se transformó en un paseo de reencuentro con la familia corraleña, sus caminos de piedra y la certeza de que la sangre no olvida de dónde vino.
El Tacto del Origen: Bonza
Esa memoria heredada cobró vida y cuerpo el día que, en Bonza —tierra sagrada de labranza muisca y suelo histórico de gestas libertadoras—, sumergí mis pies en la quebrada de agua transparente. El frío cristalino de la corriente corría entre mis dedos mientras mis ojos recorrían las zanjas, el verde del cultivo de maíz y el trabajo humilde del campesino. Al tomar la totuma de guarapo bajo ese cielo, comprendí que el agua limpia que me bañaba los pies era la misma voz de las tardes de corte de cabello y la misma intención ancestral que hace brotar la vida.
El Solar Urbano y la Metáfora de la Intención
La lección más profunda de este recorrido me la dio la abuela años después, en la casa urbana de Duitama. Aquella estructura de adobe y dos pisos guardaba un universo entero: el calor vivo de la gran cocina de carbón, la alberca inmensa, el aroma a trigo horneado en el cuarto del horno de pan, las gallinas, la marrana, y las visitas cotidianas donde el gato o el perrito le daban un calor de hogar entrañable.
En ese solar de Duitama, la abuela vivió su propia transformación. Lejos de los campos extensos de Corrales y de los peones de antaño, fue su propia nostalgia del campo la que la llevó a meter las manos directamente en la tierra. Ya no había intermediarios; eran sus propias palmas las que sembraban el maíz en el patio.
Ese mismo hilo dorado del maíz se extiende hasta la Sabana de Bogotá, en sus sembrados y en los platos representativos que nos alimentan el alma y la memoria, como el entrañable ajiaco santafereño. La siembra se convierte así en la máxima metáfora de la intención que colapsa la realidad: las semillas de maíz que la abuela cultivó en la tierra son las mismas semillas de fe y amor que sembró dentro de mí.
El Entrelazamiento del Linaje
Hoy comprendo que estos no son recuerdos aislados, sino un entrelazamiento cuántico y espiritual de mi propia existencia. Desde el bautismo de mi madre en Santa Rosa de Cabal, pasando por Corrales, Bonza y Duitama, este suelo es la tierra donde germinó mi línea de sangre y la primera escuela de intención y amor que conocí.
